ENTRE
RENGLÓN Y RENGLÓN
Mi mente que no para
cuando estoy delante del ordenador, me lleva en silencio a alojarme entre
líneas de las páginas de libros de ilustres de la pluma que hicieron las
delicias de la lectura para encontrar en ellas la riqueza de un habitad paradisíaco.
Allí, entre renglón y renglón, en ese espacio reducido encuentra uno el latifundio
de la suprema sabiduría para evitar el rigor mortis de la ignorancia. Y de
pronto me sitúo en el Café Regina de Madrid del año 1923 epicentro del mundo
intelectual donde eran asiduos Miguel de Unamuno, Ramón María del Valle-Inclán Peña,
Max Aub, Dalí, Buñuel y Lorca entre
otros eruditos. Famélico de este mundo y hambriento la necesidad hace posible
buscar oro en el regadío de folios que es el cauce donde los literatos dejaron
la impronta del ingenio y la sapiencia. “Vivir sin leer es peligroso, obliga a
conformarse con la vida, y uno puede sentir la tentación de correr riesgos,” Michel Houellebecq. Para no correrlos
habrá que seguir leyendo y estudiando para evitar las exequias del conocimiento
y nada mejor que recordar la cita del filósofo y jurista francés Montesquieu:
“Hay que estudiar mucho para saber poco”. Vistas así las cosas, habrá que leer su
libro: “El espíritu de las leyes” y evadir la exigüidad del descernimiento,
pero no quiero olvidar a Mario Benedetti que pone el dedo en la llaga con su
cita: “Todos queremos lo que no se puede, somos fanáticos de lo prohibido”. Uno
de los filósofos griegos más grandes dejó la sentencia: “Sólo sé que no sé
nada”. Me rebelo a ser uno más para no ser uno menos.