Decido darme un paseo por la
que fue Avenida del País Valenciano, hoy Avenida al Vedat y, mañana, Avenida de
las Naciones, por aquello de ser un paseo universal. Y, aunque subir su cuesta
genera dificultad y doblega las piernas, fluye por las arterias la necesidad de
vivir, a paso lento, esta epopeya minúscula, para que el lector pueda pasear
desde la comodidad del sofá. Y me voy recreando con las personas asentadas en
los bancos, sus cabezas plateadas y su vida en reposo. Casi latiendo al compás
de mi paso. Los pájaros, escasos, ponen acento a la tarde ejercitándose con sus
vuelos, y el césped verde invita al revolcón y a la meditación. La salida de
los estudiantes de sus colegios pone la algarabía para conmover tanto silencio,
y la vida a un paseo más anunciador de decesos. La fuente que adorna el paseo
alivia la sed, y el pañuelo mojado refresca sudores inevitables. Jóvenes y
mayores se ejercitan practicando footing. El culto al cuerpo forma parte diaria
para exhibir la belleza que va dejando la grasa con esos trotes; que verlos no
hace posible el agotamiento de la curiosa mirada. Y esas garrotas, que apoyan
manos con la piel de manchas y arrugadas por las que yo tengo veneración, son
fiel testimonio de ser emperadores del tiempo. Y, el tiempo, amigo inseparable
de quien lo consume para hacer de él su presa favorita. Entre pinos, palmeras,
y flores diversas, es el mundo variopinto, que hacen a este paseo atractivo.