Es una mañana cualquiera, de una semana en llamas, de música, de buenos humos, de tracas, de fallas. Llueve copiosamente y sus gotas, son la sintonía que hacen de este pausado momento, la inversión matutina, para hacer posible la fertilidad de este alumbramiento. Invita la situación atmosférica al parto sin dolor, al nacimiento, al florecer a las puertas de la primavera, para ser cómplice de la vida.
Me embarga cierta emoción cuando de pronto escucho la música por las calles, y las lágrimas surcan las mejillas, quizá para agradecer en esta mañana de tempestad en calma, la generosidad de tantos elementos juntos para formar parte de las cosas que no temporales, son eternas.
Quizá demasiada recompensa, pero hacer que estos momentos puedan compartirlos los que duermen plácidamente, será mi sueño, y el despertar de otros.
Me asomo al balcón y a pesar del día gélido, las plantas de las macetas, brotan con altivez anunciando tiempos mejores. Yo vuelvo a mi despacho para refugiarme en la estufa y atemperar el frío.
Sigue la lluvia, y seguramente apagará algunos fuegos, al menos esta llama quedará encendida para ver la luz que no se apaga.
Mª Desamparados, buenos días.